— Así que es usted la que está causando problemas — dijo el joven psicólogo en tono socarrón.
— No — dijo la señora imitando un puchero y luego sacándole la lengua a su nuevo doctor.
— ¿Está usted loca? — preguntó nuevamente el médico en tono esta vez de broma.
— No, pero yo me tomo la vida con sentido del humor.
— Cuénteme más — y comenzó a anotar en su cuaderno, al tiempo que se sentaba en una silla al lado de la paciente.
— ¿Puedo hacerle una pregunta yo a usted?
— Claro.
— ¿Usted vive la vida o la analiza?
El psicólogo quedó con la boca abierta, viendo como la señora que tenía enfrente sonreía con unos ojos iluminados por la alegría.
— La vivo — dijo guiado por el impulso.
— Entonces deje de anotar y míreme a los ojos.
— Está bien, haremos lo que usted quiera.
— ¿Sabe que estaba haciendo yo hace un mes?
— No, imagino que…
— Estaba caminando, manejando y trabajando. Toda mi vida fue una agenda, toda mi vida estuvo anotada de principio a fin. En lugar de vivir, me preocupe por analizar los pro y los contra, quise controlar todo cuanto me sucedía — concluyó y siguió a continuación un intenso silencio.
— ¿Y qué paso? — preguntó el médico con curiosidad inocultable.
— La vida, eso pasó… me demostró que no hay que planificar, que las cosas si tienen que suceder suceden, y no hay mucho para hacer más que seguir adelante… disfrutando la vida a cada instante.
El silencio se hizo cómplice nuevamente en la habitación. Un agudo sentimiento recorrió el cuerpo del especialista, un sentimiento producido por la rotunda y firme verdad.
— ¿Ahora qué debo tomar para estar mejor? — preguntó la señora.
— Nada — respondió el médico — usted ya se toma la vida como hay que tomársela…
- Alan Spinelli Kralj -